miércoles, 2 de mayo de 2012

Ellas confiesan XXI: Rosetta Forner


Escritora y coach, nada menos. Pero es hembra, y confiesa, que es lo importante. Es justo y necesario que ellas mismas nos cuenten lo que son, porque contado por un hombre parece como que hay intención de perjudicar, y no es eso.

Esta Forner, que aparece recostada y sonriente en la foto, acaba de publicar un libro, otro, cuyo título sólo se le podía haber ocurrido a una mujer: Las damiselas son de Venus y las reinas son del planeta que les da la gana. Ea, ahí queda eso. Vayan pensando. 

Tranquilos, que era broma. Lo explica dentro. Según Forner las damiselas son las mujeres normales, las que soportamos desde hace millones de años, vamos, los bichos con los que nos tenemos que ver las caras todos los días, que viven de prestado en nuestra masculina civilización y que nos amargan la vida en vez de estar agradecidas. Este blog habla precisamente de lo que Forner llama damiselas.

Las reinas son los hombres, que son lo que las mujeres querrían ser (sin pagar el precio), lo que les frustra, lo que les provoca envidia de pene y todo lo que el pene simboliza (entre otras cosas no tener que dedicar la vida a poner huevos). Las reinas son autosuficientes y libres, hacen su vida como quieren, son dueñas de su destino, son hombres con falda. ¿Es casualidad que se llame a los homosexuales reinas?

De las damiselas dice Forner lindezas como las que vengo soltando aquí desde hace tiempo. Por ejemplo:

“... quieren victimizar su complejo de inferioridad” (ahí es nada),
“... generan infelicidad y problemas para las otras mujeres” (¿qué otras?),
“... en las oficinas las damiselas se unen como pirañas contra las reinas. Cuando hay una mujer inteligente o atractiva van todas contra ella” (en realidad se unen contra otras damiselas competitivas, no hace falta que sean reinas), 
“... la mujer damisela en vez de completarse a sí misma busca su otra mitad. Somete al hombre y basa su relación en el miedo" (si lo digo yo me meten en la cárcel),
“... las mujeres se han hecho daño a sí mismas haciendo daño a los hombres” (reconoce que la cosa es generalizable),
“... y hay mujeres que se empeñan en ser damiselas y hombres misóginos que quieren que las mujeres sean imbéciles” (qué malos...).

Forner reconoce, parece, que las damiselas existieron siempre, pero que la cosa se ha ido de madre con la generación del baby boom de los 70. Bueno, la verdad es que lo que ella llama damiselas, en efecto, ha sido la aplastante mayoría de las mujeres desde siempre. El único cambio, que se produce antes, en los 60, es el feminismo reivindicativo, que es elevar el comportamiento damisélico doméstico a ideología y a práctica política, lo que ha destrozado el entramado legal basado en el principio de igualdad y responsabilidad que tanto nos ha costado (a nosotros). 

Al final le salen a Forner las ganas de ayudar, su vena coach, y da consejos y todo para que sus lectoras puedan convertirse en reinas. Tomen nota, que cualquiera puede... Bueno, no se entusiasmen demasiado porque son las tontadas de siempre: “creer en una misma, cuidar de ti misma, pensar en ti misma, asumir los resultados de tu vida y no permitir que nadie te inferiorice” (toma castaña). Finalmente recomienda la monogamia y espiritualidad. Vamos, de libro. Mano de santo. Eficacia probada. 

Lo que la alegre Forner no se atreve a pasar del inconsciente al nivel de la consciencia es que las reinas tienen que afrontar el mismo problema que las damiselas: tener hijos. Solas no pueden, porque necesitan recursos que ellas nunca han sabido generar (otra cosa es gestionar los que roban). De ahí lo importante que es para ellas la monogamia: necesitan atrapar a un macho, inmovilizarlo y exprimirlo. La exclusividad es esencial para ser eficiente en esa tarea.

Otro problema que afrontan damiselas y reinas por igual es el de aguantarse solas. Imposible. Gracias  a los chutes hormonales endógenos que les vienen regularmente del toto, este manda en ellas las veinticuatro horas del día de casi todos los días del mes. No tienen fuerza que oponer. No tienen yo que se rebele. Y no soportan el silencio, ni la soledad. Están hechas así, qué le vamos a hacer. Las damiselas al menos han solucionado el problema: dejarse de hipocresías (en el fondo eso es el feminismo) y convertirse en unas descaradas. Ellas saben que cuanto más descaradas, mejor les va. ¿Y las reinas? ¿Cómo esperan sobrevivir?

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